Cuántas veces me habré puesto a escribir para qué. Si uno tiene algo que contar, la capacidad de poner por escrito ciertas sensaciones, pues bueno, parece que tiene cierto sentido.
Siempre puede haber alguien al otro lado a quien entretener, incluso ayudar. Pero el primero que se entretiene es el autor, el canalizador.
Perfecto, pues, entretengámonos, canalicemos, a ser posible una energía que empiece siendo muy agradable, para pasar a ser trascendental. Por qué trascendental, por qué no quedarse simplemente en ‘muy agradable’.
Bueno, el que escribe es elmeditador, ese alter-ego, supuestamente capaz de conectar profundamente con la materia y lo que conlleva su existencia.
Recuerdo un viejo chamán que conocí una vez, que me decía que las casualidades no existen, más allá de lo que uno pueda encontrarse en el típico libro de Claudio Coello, este chamán era auténtico.
El tipo estaba consciente y bien conectado en armonía con la vida, por lo que hablaba sin pensar mucho lo que decía. El pensamiento le llegaba y él le daba su toque, su arte.
Pero era como quien trata de cincelar una ola en el último momento antes de romper, inútil y maravilloso al mismo tiempo. Sí, uno podía creer que lo que el hombre decía era fruto de su experiencia, pero qué va, la experiencia era tan nueva para él como para quien hablaba con él.