Me gusta poner todo en duda, incluida la supuesta necesidad de aprender a leer y escribir. Se supone que aprender a leer nos permite conocer lo que nuestra familia no nos puede contar. Aprender a escribir nos permite comunicarnos más allá de nuestro grupo social local habitual.
Pero, ¿en qué medida modifica nuestro cerebro, aprender a pensar del modo en que es necesario pensar para poder comprender la expresión escrita?
Gracias a lecturas diferentes leemos diversos modos de pensar. Distintos modos de ser y comprender el mundo. Siempre se habla del aspecto positivo del saber leer y escribir.
Tanto es así, que no enseñar a nuestros hijos a leer y escribir es motivo legal para que papá Estado intervenga con la complicidad y aprobación de la sociedad, en su mayoría. (Calma, mi hija está aprendiendo a leer y escribir tranquilamente. Puede irse, señor juez.)
Lo que sí es vital saber y ser profundamente conscientes de ello es del hecho de que sabiduría, conocimiento y experiencia plena no dependen en absoluto de saber leer y escribir. Sobrevivir felices y en armonía no depende de ello.
Cuando eso nos resulta evidente, y no antes, es cuando viene la pregunta sobre el efecto de marcaje, de lija, escultor, limitador, manipulador y violento que pudiera provocar en nosotros aprender a leer y escribir. Creo que hay que deslumbrar con el foco de nuestra atención esta posibilidad.
Dependerá de cada uno, entonces, qué es lo que vea.