De mucho antes de la «plandemia», vengo observando, en los vientos del abanico de personas de izquierdas, un cientificismo fanático que cataloga de magufería pseudocientífica todo aquello que no aparezca publicado en las revistas prestigiosas científicas.
No hace falta ser científico para imaginar la de intereses económicos que pueden moverse detrás de esas revistas «papales», constantemente sucede que tal estudio «x» demuestra supuestamente tal conclusión «Y», los medios de comunicación se hacen eco, y con el paso del tiempo, sucede que no, que el tal estudio «X» no cumple los protocolos científicos que nos lleve a concluir «Y». Pero cuando se conoce que el estudio «X» no es válido, esto ya no se publica mundialmente, no es noticia.
La rigurosidad científica, la autoexigencia, es obligatoria para analizar la realidad y concluir que algo es, como creemos que es. Y si algo no es como creíamos, ¡bien! seguimos adelante, pues lo que se busca no es ganar una competición de apuestas, sino conocer la verdad sobre lo que son las cosas.
Conozco bien la plataforma burguesa que produce la izquierda progresista, la que tiene acceso desde hace un siglo a la universidad y estudios avanzados, la burguesía que informa a la izquierda obrera sobre cómo es el mundo de ciencia. Conozco bien a esta plataforma burguesa, porque he nacido en ese mismo privilegio de clase, me he beneficiado de ello y formo parte de esa plataforma.
No importa si uno tiene para comer o no, si uno proviene familiarmente de esa plataforma, entonces es normal que uno haya heredado, inconscientemente, una actitud paternalista y clasista que proviene de esa plataforma burguesa.
El paternalismo clasista se transforma, en un chasquido de dedos, en un muy violento pseudoescepticismo, que ataca y persigue de forma autoritaria cualquier propuesta que no haya sido aceptada previamente por la aristocracia blanca de ancestral origen europeo.
Es muy peligroso que las voces influyentes y disidentes que ponen en tela de juicio a la OMS, vacunas, y todo el montaje alrededor del covid-19 sean voces muchas pertenecientes a la ultraderecha. Porque en base a un hecho cientifico, a saber, que no existe el virus pandémico, ni deben administrarse vacunas, en base a esa verdad, puede venir de la mano toda una serie de pensamientos, ideologías y enfoques sociopolíticos que nada tienen que ver con la salud, sino con el poder que unos pocos pueden ejercer para esclavizar a otros muchos, pues eso es lo que mueve a la ultraderecha, clasista y racista, tradicionalmente.
Si hablamos de libertad, de poder desarrollar politicas sociales que beneficien a muchos, de soberanía popular directa sobre la crianza, la salud y qué hacer con nuestras vidas, no podemos bailarle el agua a toda la artillería milenaria construida para seguir sometiendo a poblaciones enteras. No importa si familiares, amigos, conocidos y una gran parte de la sociedad se lleva bien, les gusta y se sienten identificados con los discursos populistas de la ultraderecha, para eso estamos nosotros, para resistir, y poner nuestra energía, luz, y acción real en nuestro día a día, en la medida de lo posible, en la práctica de una relación horizontal, donde la oportunidad sea algo para poder saborear libremente.