Hubo una vez un pueblito muy, muy tranquilo, llamado Control Twon, de repente un soleadisimo día de intenso verano, el marido de la modista apareció muerto mientras hacía deporte. Un misterio. A los dos días, otro muerto, y así sucesivamente, cada día más. Llegó un experto en enfermedades a la ciudad, y estudió los cuerpos, y se acercaba a los cadáveres recién desplomados en el suelo, y les hacía pruebas difíciles de explicar, pues solo un experto puede entenderlas.

A los 3 días, tras analizar 33 muertes, el experto concluyó que las muertes eran debido a una sustancia llamada sudorinina. La sudorinina era un líquido terrible que se encontraba presente en todos los recién fallecidos, al poco tiempo de fallecer, desaparecía. El experto también desarrolló un test muy simple para detectar sudorinina en el organismo, aunque no tuvieras los síntomas de la enfermedad.

El test consistía en colocar un pequeño trozo de papel higiénico en la frente, si el papel se humedecía, eras portador de sudorinina, debías entonces permanecer completamente quieto, por lo que se te debía poner una camisa de fuerza y atarte a una silla, no era agradable pero era por tu bien y el de la comunidad, así que la gente accedía voluntariamente al tratamiento. A los dos días era muy claro que el tratamiento funcionaba porque al hacer el test ya no había presencia de sudorinina.

El experto se dio cuenta de que mucha gente que enfermaba daba positiva en el test de sudorinina así que concluyó que los síntomas eran muy diversos y que la sudorinina era mucho más terrible de lo que habían imaginado.

Decretaron que toda la población de Control Twon debía permanecer en casa, y moverse lo menos posible. Mientras tanto, la modista, que estaba de luto, decidió quitarse de la cara una mascarilla preciosa estampada con unas pinturas de flores exuberantes. Ella había diseñado esas mascarillas, que se habían puesto de moda aquella preciosa primavera, todo el mundo las llevaba, de hecho, no llevarla era señal de no estar muy al día con los tiempos modernos.

Pero la modista no estaba alegre, así que se quitó la mascarilla, y como era ella quien decía lo que estaba o no de moda, la gente empezó a imitarla, como señal de duelo. Debió entonces apiadarse el buen Dios, porque a los pocos días cesaron las muertes, y Control Twon volvió a ser una ciudad tranquila y feliz.