Señalar que llevar mascarilla de forma obligatoria, como va a suceder mañana en Andalucía, entraña la trampa de control y manipulación de masas, que tanto me deprime. Porque no es opcional, no es «quien considere que debe llevarla, que la lleve». Como bien apunta Javier Yuste, ¿y qué pasa si la OMS dice que es necesario no hablar durante una temporada, mientras llega la vacuna, porque hablando expulsamos aire y se ha demostrado científicamente que es el momento en que mayor carga viral soltamos? A muchos os sonará a exageración y coña, pero si sale la orden de vivir en silencio, mucha población actualmente obedecería, porque cree en la versión de la OMS y la versión del Gobierno, todo ello gracias a la metralla de los medios de comunicación.
Hoy puedo ir sin mascarilla por la calle, pero mañana no. Hoy mis vecinos y conciudadanos me ‘toleran’ mi «irresponsabilidad egoísta». Mañana no. Mañana ellos pueden hacer de brazo ejecutor del Estado y sentirse con pleno derecho a mirarme llenos de odio, recriminación, dirigirse a mi, hablarme, reprenderme, denunciarme, en fin, situaciones violentas se mire como se mire.
Que a nivel mundial se haya llegado a este punto social es de por sí suficiente como para pararse un poco a pensar si uno no está siendo manipulado por fuerzas mayores, si uno realmente no ha recibido una información masiva falsa, porque para que un familiar, un amigo, un vecino, un desconocido se sienta con tanto derecho a enfrentarse contigo en base a una creencia, es como para plantearse si uno no ha llegado al mismo punto de hipnosis colectiva que permitió a Hitler y al nazismo alcanzar el poder del pueblo alemán.