Confío plenamente en las generaciones venideras, sé que rompen por completo con la visión actual paradigmática que cree en el contagio, virus, pandemias. Sé que va a ser así, porque lo que estamos viviendo es la prueba de que todo lo que nos han dicho es falso. Lo que estamos viviendo prueba que el contagio no existe, las medidas tomadas, la contradicciones continuas, son la prueba fehaciente de que Pasteur mintió. Todo lo que vamos sabiendo es prueba de que no existió el VIH, ni seropositivos, ni asintomáticos y que llevar mascarilla es una de las aberraciones ridículas y peligrosas más flagrantes de la historia.

Es una especie de sacrificio, es necesario que suceda lo que sucede, traspasar los límites que estamos pasando, que las acciones criminales lleguen a derribar nuestras libertades para provocar la investigación.

Es necesario que se cierren negocios en base a fantasmas inexistentes para que nos demos cuenta de que la bestia era una ilusión.

Es necesario la amenaza de una vacuna distópica para replantearse por completo la naturaleza de todas las vacunas, al igual que darse cuenta de que el sarscov2 no existe, así como ninguno de los virus que nos han señalado como causantes de diversas enfermedades.

Está pasando, y hay muertes que se pudieron evitar, enfermos, dramas que se pudieron evitar.
Pero los niños, esos niños que ven normal llevar mascarilla, que viven como algo normal el confinamiento, aislamiento, o estar sentados obligatoriamente en una silla aprendiendo nada mientras las ventanas pasan el frío dentro. Esos niños al que se les niega poder jugar libremente. Es en ellos en quienes confió, y de quienes siento una energía de esperanza brutal, lapidaria.

Porque cuando de niño te mienten, de adulto destierras la mentira.
Es ley de vida.