No podemos dejarnos llevar por la oleada de ataque terrorista constante que recibimos a diario. No debemos ser una reacción a ese ataque, pues se trata de un movimiento poderoso, influyente, «contagioso», que busca someter a la humanidad sumergiéndola en un océano de incertidumbre. Provoca desequilibrio, y en ciertos casos, promueve enfermedad, muerte y derrumbamiento existencial, además de ansiedad.
Leo gente cabreada con la situación, es normal que suceda, y para eso sucede. En el momento en el que nos cabrea, nuestra vida vibra en la misma frecuencia, aunque sea desde la oposición.
Entonces, ¿debemos luchar por la verdad? ¿debemos organizarnos, combatir de todas las formas imaginables ese movimiento criminal? Sí, debemos, pero debemos hacerlo desde la paz, la tranquilidad, desde la alegría, desde el autocontrol, desde la armonía.
Actuar desde la seria depresión, con el ánimo sobrexcitado por el escándalo, alimenta eso contra lo que nos oponemos y deseamos que no esté presente.
Sin embargo, cuando hay alegría, hay victoria.
Cuando hay alegría, hay salud, equilibrio, pues cuando hay alegría no hay conflicto.
Hablo de una alegría interna, real, en el centro de nuestro ser, que encharque nuestro corazón.
No es opcional, es obligatorio ser feliz, y no lo comento para agobiar, sino para que despiertes en ese sentido alegre.
Puede que necesites ser profundamente depresivo para comprender tu depresión y que de esa comprensión surja la alegría.
Puede que seas como el león y mandes a paseo al camello que quiere soportar todas las batallas, gracias a tu rugido, permites que el niño salga a la luz y haya alegría en tu acción.
Así habló Zaratustra.