El siglo XIX en Europa se ahogaba encorsetado en la moralina elevada a moral férrea cuyo resultado estaba siendo realmente inmoral.

EEUU sonaba a libertad en comparación con las ideas y sentimientos imperantes en los círculos intelectuales que proporcionaban al pueblo cómo y qué pensar de las cosas de la vida y cómo comportarse en todo momento.

La Señorita Rottenmeier, personaje intolerante del libro Heidi, es el paradigma, fruto del patriarcado, aunque a muchos no les guste que nombre tal patriarcado, que denigraba a la sociedad al completo de aquellos tiempos.

Una mujer estirada, palo, auto-oprimida, que odia todo lo que signifique vida y celebración de la vida, lo creativo, el juego, la diversión, lo dionisiaco.
La cultura judeocristiana de culpa y sufrimiento alimenta, deliberadamente, en su origen planificado, en aras del control humano, el debilitamiento de la humanidad, como inmejorablemente lo explica Nietzsche.

El comportamiento vulgar, del vulgo, natural, espontáneo, instintivo y con sabiduría que surge de la naturaleza misma es ridiculizado, perseguido, prohibido por las clases pudientes, aunque a puerta cerrada salieran a pasear las bestias hambrientas.

Tuvieron que llegar grandes poetas, compositores, artistas, pintores, psicólogos y filósofos a decir lo evidente para que, entonces sí, empieza a ser visto de nuevo como algo positivo la sexualidad, la alegría, el disfrute, la celebración de la vida.

Lamentablemente la inyección venenosa, la vacunación constante de valores perversos del siglo XIX tuvo epicrisis fatales en el siglo XX, creándose los movimientos criminales totalitarios que ya conocemos, y creemos que no pueden volver, cosa que es cierta, formalmente, no pueden volver con la misma careta, pero sí pueden volver, y en cierta medida ya han vuelto, con la careta de dictadura pseudocientífica sanitaria.

Cuando leo a amigos o conocidos creer realmente que los jóvenes son unos descerebrados irresponsables que pueden realmente contagiar a otros y ser culpables de muertes, lo que ven mis ojos son ciudadanos de Salem, murmurando, conspirando, encendiendo sus antorchas y pidiendo a gritos justicia divina mediante la mano judicial del Estado para que los culpables ardan en la hoguera, sufriendo por sus pecados, a ser posible.

Nos llaman negacionistas, cuñaos. Pero son creyentes, confían en quienes llevan toda la vida diciendo que no se puede confiar. Creen que la ciencia es pura, cuando proviene de las maniobras orquestales de las farmacéuticas.

Amigos, la teoría del contagio es falsa, no existen virus patógenos alguno causante de ninguna enfermedad. Este plan que vivimos no es algo que venga de un monstruo instantáneo que nos sorprende en mitad de la noche mientras dormimos.

Lo que sucede, es la puñalada del amigo Estado al servicio del amigo seudocientífico, que nos viene comiendo la oreja durante un siglo, envenenándonos y manteniéndonos bajo control, haciéndonos creer que es amigo.

¿Cuánto tiempo tardó Julio César en darse cuenta de que la daga que tenía dentro de sí había sido empujada por su hijo?