Teniendo en cuenta los conocimientos de las leyes biológicas, sin embargo mi formación en constelaciones, psiquiatría hameriana, (no confundir con constelaciones familiares), es muy poca, vergonzosamente nula, teniendo en cuenta lo fascinante que son las constelaciones.
Para mí es un hecho, no importa si soy o no consciente de la energía de la luna llena. Sucede siempre.
Con 18 años concebí el concepto «licánsofo», un despertar mezcla de placer sensible, espiritualidad, poesía, belleza, misterio, canto, trascendencia, conexión natural…
Esta noche estoy cansado, pero está aquí, es una fluidez que se puede describir.
Es una especie de amor, de música, de fuerza pasiva, que se canaliza y se impulsa hacia sí misma.
No sé si es fruto de un coctel de constelación hormonal, postmortem, planeante, autista…
No lo sé, pero en verdad es hermoso, comprobar que siempre funciona, aunque para suceder, deba haber trauma previo, choques biológicos, programas que de base alteran el comportamiento.
Entonces, siempre es curioso, bañarse en la corriente de inspiración que llevo hacia el arte, la técnica, la acción que permite cosechar frutos en mitad de la noche sin fin.
Atrapar la calma elevada, mientras la libero en espera del rocío del amanecer de un nuevo día y alquimia.
Pues claro que hay sabiduría en todo ello, ¿qué otra cosa puede ser aquello que se saborea y es luz y es astral y cosmos pedacito?
Es una riqueza, cuando quiero la desciendo, no hay límite, su dulzura es constante.
Pero ahora cierro. Está ahí.
Muero.