Cuando llega el frío y el sol se pone, arranca un nuevo entretenimiento para la tarde noche que me invita a estar, permanecer, disfrutar del paso del tiempo mientras la madera arde, el fuego es protagonista y uno pues tiene momentos para reflexionar, pensar, meditar.

Desde el fenómeno ancestral de la hoguera que durante miles de años acompaña al humano, a la sensación de hogar en mitad de lo inhóspito.

De vez en cuando hay que atenderlo, removerlo, recolocar los troncos, y volver a observar.

Es tan constante como variable y si no se atiende, un par de troncos rompen, se separan entre sí y el fuego se apaga.

Sus sonidos, crepitar, vientos internos.
La humedad que aún pudiera quedar en algún recoveco de repente resopla.

La naturaleza que provee.
El calor que reconforta, alimenta.

Cada hoguera es distinta, todas terminan en cenizas.

Las tonalidades de la brasa candente o del baile azaroso de las llamas.

El reposo al que te lleva la contemplación de la belleza constante.

De acuerdo, iré a por algo de vino.