Hubo un albañil que repartía martillos especiales con los que averiguar si los muros de las casas estaban bien o, por el contrario, era necesario intervenir.
Era un martillo normal y corriente pero el albañil ganó fama de benefactor por su interés y dedicación. Durante el año recomendaba dar uno o dos martillazos, y si la pared se resentía, ofrecía un buen presupuesto para reparar la pared.
Cuando llegaban las temporadas de lluvia, el albañil recomendaba subir el número de martillazos a diez, por mayor seguridad de sus vecinos.
Qué gran albañil, entonces, pues contrataba gente para que le ayudara a atender las numerosas obras que le encargaban.