El globalismo busca la alienación del individuo y de la sociedad. Una persona o una comunidad, capaz de tener tiempo para sí misma, para darse a luz a sí misma, es justo lo que no quiere el globalismo.

 

Mediante la imposición o la manipulación, dedicamos el tiempo que permanecemos despiertos a realizar actividades que no «nos realizan».

 

Ya sea el trabajo involuntario o el ocio proporcionado nos lleva a cualquier parte que no seamos nosotros mismos.

 

Por eso las actividades más perseguidas, subestimadas, ridiculizadas, distorsionadas, relegadas a un segundo o tercer nivel de relevancia, son las creativas, filosóficas, reflexivas, artísticas, observadoras.

 

Por ejemplo, la genuina meditación, toma de conciencia, experimentación y vivenciar la existencia, no te lleva a armonizarte con un trabajo involuntario, te lleva a movilizarte y encontrar la manera de sobrevivir de acuerdo, en la mayor medida posible, a tu naturaleza.

 

Entonces, el globalismo te entrega el «mindfulness», en la misma estantería donde están las cenas de empresa, los cursos de formación de los sindicatos, o la cuenta compartida de Netflix.

 

Disfrutar, natural y plenamente, del simple hecho de estar vivo, es su enemigo, hasta el punto de volverse nuestro enemigo. Esa batalla interna, inmoral, culpabilizadora, son las cadenas invisibles del globalismo.

 

Mientras que entender esto como un discurso egoísta, burgués, fruto del privilegio, envuelto de cinismo, es el inicio de la corrupción que nos separa del amor propio y de nuestra libertad.