El neoliberal se caracteriza por ser vitalista, emprendedor, luchar por lo suyo, ser «amable» aunque egoísta, pues debe serlo para que lo suyo esté a salvo en la superficie. El neoliberal practica el apoyo mutuo con los suyos, no tiene empatía con lo de más allá, con otras comunidades que navegan en otras aguas. Si algo sucede más allá, no es su problema. Así que todos esos discursos tradicionales de izquierda que nos recuerdan las consecuencias mundiales de nuestro estilo de vida, os daños colaterales de nuestro estilo de vida, el discurso ecológico, animalista, feminista, antiracista, anticlasista, antiadultocéntrico, todo ello son problemas ajenos que no existen para el neoliberal, no son de su incumbencia. La izquierda, por el contrario, se supone solidaria y empática, debe serlo, pues el poder dominante se nos vuelve evidente injusticia a los ojos de los intelectuales de izquierdas, que habitualmente somos hijos de una burguesía añeja requeteacomodada. Pero he aquí, que el profundo golpe estructural ocasionado por la plandemia afecta a los empresarios, al pequeño y gran empresario, al gran gran empresario, al enorme empresario. Uno de los objetivos de la plandemia es ese: desestabilizar la economía mundial para que los causantes puedan ofrecer dinero, comprar y adueñarse de quienes lo pierden todo, o están a punto de ello. Y esto, sí, amigos, esto lo intuye, con los ojos vendados, lo huele, a kilómetros de distancia, mucho antes de que se materialice, todo el espectro neoliberal. Así que un buen número de personas en la derecha, despierta, se da cuenta de que hay una orquestación humana, no de un virus, en todo este asunto. Y se pone en acción. EN GENERAL, salvo honrosas excepciones, la derecha es quien primero se moviliza, quien primero investiga, quien primero señala, acusa, quien obtiene datos y datos, quien primero comparte entre los suyos la información disidente. Y aquí viene la visagra: la derecha se da cuenta de que como se trata de un plan mundial, todo el mundo debe saberlo y todo el mundo debe despertar para todos juntos tomar el control. Entonces es cuanto todos pasamos a ser del mismo bando, y crece un egoísta interés «empático» por lo que sucede en todo el mundo relacionado con esta cuestión. Mientras tanto la izquierda, de forma sorprendente, a priori, en lugar de abanderar la revolución que nos libere de los malvados planes de control mundial, resulta que navega ciegamente a favor de la plandemia, volviéndose algunos auténticos neofascistas. Esto sucede porque hay una herencia clasista universitaria donde los jóvenes progresistas emergentes de plataformas originalmente conservadoras son los que sienten la responsabilidad de impartir cátedra y explicarle a los no universitario cómo es el mundo. Por lo que ese jovencito tímido que se emborracha como si no hubiera mañana en un macrofestival de verano y arregla el mundo hablando al amanecer con la chica con la que espera tener sexo mientras trata de encontrar papel de fumar antes de reincorporarse a las clases en la unversidad de Biología, ese jovencito buenazo, picaruelo, ese, es caldo de cultivo que, con el paso de los años, da a luz al perfecto aliado de la dictadura médica: el cientificista. Un rol pseudoescéptico y religioso, que cree en la ciencia si, y solo si, es publicada en la subvencionadas prestigiosas revistas científicas. Es quien apoya, con sensible aura de autoridad, todas las medidas por estrictas que nos suenen, que provienen del neofascismo pseudocientífico. Vamos que nuestro amigo de izquierdas, gracias a la plandemia, se ha vuelto, lo que entre colegas de banco de parque diríamos: un puto nazi.