De los 16 a los 19 años, leía de forma tan vital, convulsa, patológica, que mi desarrollo, mi crecimiento, ha creado unos surcos para siempre, que para más inri, fueron conectados con los surcos volcánicos de mis propios escritos, que en aquel entonces realizaba de igual forma pasional, metódica, posicionándome, en sentido esquizofrénico, como uno más entre aquellos a quienes leía.
Antes de los 20 todo mi organismo, y digo bien, pues lo que menos usaba para leer era mi cerebro, yo leía con el páncreas, con el bazo, con el corazón, con mis pulmones… tenía 17 años!, con esas edades no se vive como la mayoría de los adultos, se exprime el universo cada día, sea un cosmos aburrido o de fantasía, cuando se es joven todo es profundamente trascendental, ya sea cómo te queda el pelo o qué algoritmo viene después del que acabas de aprender.
Pues bien, antes de esos 20, mis órganos habían procesado, arrastrado, golpeado, extasiádose con las lecturas de Zaratustra, Ovidio, Cervantes, Joyce, Kierkegaard, kafka, Rimbaud, y todos los clásicos coetaneos a los nombrados.
Quien lee así, no separa el resto de las artes, hay unidades estéticas en las que uno se sumerge, donde todo lo metabarroco termina hablándole a uno mismo como si todo fuera un diario íntimo de casualidades sinfónicas.
Como robar «Gödel, Escher, Bach: Un eterno y grácil bucle», un libro tan enorme que me permitió sacarlo del Corte Inglés sin que llamara la atención, y porque no se vendía lo suficiente como para que llevara alarma.
Hablamos de 1992, en un tiempo en el que mientras leía a kundera conocía a una chica que resultaba ser vecina de Kundera y así es como debía pasar pues mi religión era la casualidad trascendental, un espejo de fractales que me hablaban de fractales, mientras dormía todas las noches con la Pasión según san Mateo, de Bach.
Mis padres no supieron durante meses que ya no iba al Instituto. Faltaba a clases para poder asistir a mis propias clases, pues necesitaba leer y aprender lo que mi constelación me pedía. Faltaba a clases para poder respirar aire en los museos, gastaba, mi dinero para discotecas, en autobuses y cds de música renacentista, y escribía, cada día, con un remolino de ángeles vertiendo mi propia alma entre zarzas y grilletes, pues en realidad, lo único que quería es crecer verdaderamente, para poder tener bajo control aquello que no se puede controlar, pues justo es el espíritu de la fragua, el que nace de la inocencia rota por la propia inocencia cuando se estira tanto que se marchita, dando paso a su propio Fénix.