No, no estoy malo. No me sucede nada malo, ni maligno. No es una alteración fruto de una vibración negativa emocional. Tampoco es un mal funcionamiento del organismo. No hay nada estropeado en mí que esté haciendo que mis tejidos se alteren o necrosen. Los cambios del comportamiento tampoco son fallos del sistema.

Exceptuando las intoxicaciones, carencias nutricionales, y ataques externos, por ejemplo, radiación, el resto absoluto de eso que llamamos «enfermedades» son programas biológicos, los cuales tienen procesos, fases, con cierta concreta sintomatología.

Todos estos programas tienen un sentido biológico. Arrancan solo cuando hay choque biológico, un evento que altera esencialmente el equilibrio de nuestra supervivencia estable.

Una vez en marcha, tras una causa exacta que activa el programa, pasamos por unas fases que afectan los tejidos funcionales relacionados con ese área concreta de nuestra estabilidad vital que se ve desequilibrada.

Estas fases nos conducen por una sintomatología que a veces ni somos conscientes, otras molestan, duelen o nos desesperan. Pero todo ello forma parte de la regeneración orgánica o re-equilibrio adaptativo general de esa unidad que es cerebro-psique-tejido.

Cada vez que pensamos «estoy malo», o se lo decimos a alguien, «estás malo», «no estás bien», es como decir que nuestro teléfono móvil no está bien porque está instalando una actualización del sistema. El teléfono está perfectamente, no está mal, está bien, pero pasa por un momento de actualización, que exige del sistema que otras funcionalidades se detengan.

Cuando hay una actualización del sistema de nuestro teléfono móvil nadie dice, «se me ha estropeado», y si uno cree que algo va mal, nos daremos cuenta tarde o temprano de que no es así, simplemente el sistema se actualiza, se requilibra, ante una nueva situación general externa e interna.

Creer que algo va mal, no solo no ayuda a pasar el proceso, sino que en sí mismo, esa creencia, es manera de interpretar el proceso, es motivo en ciertas ocasiones concretas como para provocar la activación de un programa biológico relacionado directamente con esa interpretación, a la hora de la verdad, falsa.

Ojo, que en ningún momento estamos invitando a la ignorancia e inacción por decreto. Estamos diciendo que es necesario comprender el origen que activa el programa, darnos el tiempo para entenderlo, aprender de ello, y ser pacientes, nunca mejor dicho, para que las fases del proceso de re-equilibrio sucedan por completo al 100% en los tres niveles de la unidad cerebro-psique-tejido orgánico.

Un incendio precisa de cortafuegos para detenerlo, se eliminan árboles, que luego pueden ser restaurados, el objetivo de la enfermedad, (cortar árboles y replantar) no es eliminar el bosque. Dependiendo de la naturaleza del incendio y de la configuración del ser vivo y su circunstancia, el incendio ni se percibe…  o todo lo contrario, el incendio, (evento desequilibrante) acaba con la vida del bosque. Pero en este contexto inventado que utilizo para tratar de explicarlo, entendemos que «cortar árboles» no es una acción malvada, forma parte de una respuesta con un sentido ecológico global.

Hablamos de un cambio de paradigma, de un cambio de actitud, enfoque para con nosotros mismos y todos los seres vivos que nos rodean. No es lo mismo atender a nuestro hijo sintiendo que «algo va mal», transmitiéndole, conduciéndole al error cognitivo de que «le sucede algo malo», no es lo mismo que nosotros saber que hay un proceso en marcha y nuestro hijo entender que hay un proceso en marcha.

Y repito, no estoy haciendo un alegato de la pasividad inconsciente, sino que señalo la actividad consciente, comprensiva,  resolutiva, paciente, ante esos momentos estigmatizados por la ignorancia y falsos enfoques que hasta ahora predominan en general al respecto de eso que llamamos «enfermedades», en especial las que nos hacen pasar «un mal momento», «estar malos», pero aclarando, de raíz, señalando, que el uso de la palabra «mal», nos ha conducido a una interpretación moral incorrecta.