Quiero reflexionar más allá del hecho de que existe una élite psicópata que gracias al globalismo provoca guerras, inventa epidemias, siembra movimientos socioculturales, y planifica, durante siglos, mediante ingeniería social, 9los eventos y cambios mundiales inevitables, debido al poder que les sostiene y les permite actuar.

 

Quiero reflexionar más acá, acerca de qué puede hacer cada uno de nosotros ante un hecho así, hecho que hace unos años no terminaba de creer que estuviera sucediendo mientras ahora me resulta evidente.

 

En primer y único lugar, lo primero y único que me sugiere que podemos hacer es aprender a ser felices, lo cual resuena al lema «no tendrás nada y serás feliz» que resuena en las páginas de la agenda 20/30.

 

Sin embargo, ser felices, plenos, no lo estoy llevando al enfoque de la resignación ni la derrota, no lo llevo al campo de la pérdida de libertad.

 

Tampoco quiero caminar hacia el cinismo, desde el cual, uno opera asumiendo que nada puede hacerse contra el rodillo del globalismo, salvo seguir sus mandatos.

 

Creo, realmente, que ser capaces de que las acciones globalistas no logren desequilibrarnos es ganar la batalla, ganar una guerra que nosotros no buscamos, pero nos fue declarada antes de nacer, incluso nacimos para poder formar el ganado necesario de sus intereses.

 

Ellos saben que nuestra felicidad independiente de su actividad es el enemigo. Por eso fagocitaron la felicidad del ser humano desde el principio.

 

Sin embargo, nuestra felicidad es natural, viene con nosotros, ¿necesitan vidas pero no su plenitud? Imposible.

 

Cuando hablo de felicidad, plenitud, hablo del árbol que crece, sus ramas se extienden y caen sus frutos.

Hablo de realizar las funciones vitales, respirar y disfrutar del simple hecho de estar vivos.

 

Por eso el globalismo utiliza estrategias directamente relacionadas contra nuestras funciones vitales, para así hipnotizarnos, manipularnos o doblegarnos.

 

Sin embargo la vida es un acto constante de creación, perpetuación de sí misma, por lo que ningún plan humano puede sostenerse en el tiempo ni establecerse. No hay triunfo posible para el globalismo.

 

El pasado, presente y futuro pertenecen a la naturaleza. El ser humano es naturaleza, luego nos pertenecemos a nosotros mismos. Nuevamente: verdad, soberanía y vida son una misma cosa.

 

Todo lo demás, lo que hagamos o no hagamos, lo que logremos o no, el desarrollo comunitario o la traición obligatoria es secundario.

De lo que emana todo es del hecho sencillo que siempre está y no precisa de esfuerzo alguno: nuestra existencia. A ella le acompaña, inherente, la libertad.